"Mi aspiración es tener tiempo para seguir escribiendo"

Arantza Larrauri, autora de Conversaciones nocturnas

Arantza Larrauri acaba de publicar Conversaciones nocturnas. En palabras de esta joven poeta, este libro es “un recorrido por la vida a través de la noche”. Tras su primera incursión literaria con La senda de los cactus, Larrauri nos descubre desde la poesía el universo de la noche, a través de las conversaciones, de lo que acontece en las horas de vigilia nocturna en cada etapa de la vida e, incluso, después de ella.

La senda de los cactus es una travesía onírica por el oeste americano vivida desde tu experiencia de un año en Arizona. ¿Qué implicación personal hay en Conversaciones nocturnas?
Tiene mucho de autobiografía, tanto desde el punto de vista de situaciones vividas como de sensaciones. Sensaciones fruto de mis experiencias y de lo que he conocido a través de las relaciones con mi entorno.

¿Qué te motivó a escribir Conversaciones...?
El mirar hacia atrás y darme cuenta de que las conversaciones y experiencias más reveladoras de mi vida habían transcurrido de noche. El pensar que la noche es la puerta hacia una mayor lucidez, intuición, comprensión e intimidad.

¿Qué parte hay de fantasía en tus poemas?
En los poemas, poca, ya que pongo mucho de mí realidad. Pero en este poemario hay un capítulo, Fantasmas, que es fruto de mi fantasía.

¿Que te condujo a incorporar el capítulo de Fantasmas?
Para mí, el ser humano es un todo: cuerpo, mente y espíritu. Tengo la convicción de que el espíritu, entendido como energía con consciencia, tiene su continuidad después de la muerte y sigue comunicándose. La “conversación” sigue de alguna manera después de la muerte, tal vez no de forma verbal, sino silenciosa. Este libro no podría ser sin Fantasmas.

Tu primer poemario lo brindabas a la memoria de los amigos que dejaste en EE.UU., ¿a quién dedicas Conversaciones nocturnas?
Está dedicado a los noctámbulos, a los que sienten placer por la noche. Es muy variada la gente que ha enriquecido este libro. Los más íntimos; mis amigos, amores y familia más allegada.

¿Tienes en mente probar otros formatos literarios?
Precisamente ahora estoy pensando en escribir un libro de relatos breves; cuentos que tendrán un punto de unión, un lugar común donde ocurren todas las historias.

¿Cuál es tu aspiración como escritora?
Mi aspiración es tener tiempo para seguir escribiendo.

"El viaje de Arundhati", un relato made in India

Chacko me la presentó con la solemnidad que manda el protocolo de esta tierra sacra de India, Chennai. Arundhati era delicada como una mariposa. Me sonrió con sus enormes ojos negros cuyas largas pestañas aleteaban con una intensidad destellante que ensombrecía su tercer ojo, al tiempo que sus manitas infantiles se unían con una inclinación de cabeza muchas veces ensayada; de sus labios asomaban perlas perfectas y, como un susurro acariciador, exhaló un “Namaste”, hola. Cumpliendo con el ritual devolví el saludo con una sonrisa emocionada.
Arundhati tenía diez años, pero tras su sari de dos piezas ya se adivinaba ese precoz comportamiento de niña enseñada desde la cuna para ser mujer y aunque madura en sus gestos quebradizos y contenidos, Arundhati era sólo una cría con extremidades interminables y flacas como las patas de un avestruz que evidencian una alimentación vegetariana y espartana. Por un instante observé el rostro de Chacko, quería conocer de primera mano las sensaciones que me transmitía aquel hombre entrado en canas, pulcro y regordete, vestido con el tradicional dhoti-kurta. No cabía duda que se le veía complacido al presentar a su niña a aquella mujer occidental que durante diez años había hecho posible con sus donaciones que sus hijos pudieran crecer con algo más que con su paupérrimo sueldo de chófer. Chacko me contaría que la fortuna había llovido en su casa en forma de cuatro varones y una sola fémina, la menor de las desgracias que le podía ocurrir a un hindú bendecido por Siva, pues cuatro vástagos daban para salir adelante y resolver de la manera más sabia el futuro incierto de una hembra que todavía corría a su cargo. Chacko se había ocupado de que Arundhati recibiera lecciones de música y danza, enseñanzas que la ayudarían ante cualquier posible candidato a esposo.
Chacko era viudo y cada tarde que su trabajo se lo permitía acudía al templo de Kalishvara, dedicado al dios Siva. Inclinado frente a su dios, Chacko soñaba que Arundhati corriera la misma fortuna que la esposa de Siva, Parvati, que recobrase su verdadera identidad tras casarse con un hombre de bien. Arundhati era, como lo fue en su día la diosa Parvati, un bello pero inútil pavo real.
Chacko me invitó a explorar su tierra hasta Madurai donde tenía “una cita ineludible”. Era su modo de agradecerme lo que yo había hecho por su familia. Rehusé amablemente la invitación, no podía abusar de su cortesía dada su humilde condición. Yo no creía haber hecho nada especial, me había complacido ayudarles y traté de hacerle entender que encontrarles había supuesto una gran emoción para mí. Ignoró mi explicación mientras abría gentil la puerta trasera del coche invitándome a entrar. Turbada me acomodé en su amplio interior. Así fue como conducidos por aquel viejo Ambassador comenzamos nuestra road movie por el estado más meridional y auténtico de India, Tamil Nadu.
Era domingo y atardecía cuando Chacko nos condujo hasta Marina Beach, una extensa playa donde multitud de hindúes, con sus mejores galas, disfrutaban de la brisa marina. Arundhati me agarró con su manita mientras saltaba feliz tarareando las músicas hindis que se mezclaban en aquella atmosfera de especias, jazmín, incienso, azúcar de caña y sal marina; un escenario abigarrado e intenso de pescadores faenando con sus redes, vendedores ambulantes, niños realizando toda suerte de malabares, feriantes, atracciones infantiles... Un caos armonioso en el que yo me sentía, como única turista a la vista, una privilegiada. Se acercaban jóvenes de ambos sexos, me acariciaban la mano muy sutilmente y huían alborozados ¿Podían poseer tanta ingenuidad? Sonreía sin saber qué hacer. Chacko soltó una sonora carcajada, “todos quieren ser como tú, les gustas”. Lo cierto era que me sentía desbordada por tanta contemplación hacia mi y ese extraño afán de hacerse fotos conmigo.
Llegada la noche, Chacko se hizo cargo de mi hospedaje. No me dejó ni rechistar. Me llevó al mejor hotel de la ciudad, habló con los dueños y se despidió de mí.
A la mañana siguiente, tras desayunar, me encontré en el hall a Chacko y su pequeña. Me esperaban para continuar el viaje. Estaba todo pagado. Cuando llegué al coche noté el ambiente enrarecido y llegaron mis primeras sospechas de que aquel vehículo era algo más que su medio de transporte, pero no me atreví a decir nada por no ofenderles.
Arundhati estaba especialmente excitada. Entendí la razón de su alegría cuando nos dieron la bienvenida en la academia Kalakshetra de danza, célebre en Chennai por sus bailarinas. Arundhati no tardó en sumarse a las danzantes que, ataviadas con sus saris de vivos colores, enfatizaban sus movimientos y expresiones de ojos, manos, bocas y piernas. Me impresionó cómo por un instante Arundhati dejaba de ser esa niña-mariposa para dar paso a una joven con una subyugante sensualidad. Avisté de reojo el goce de Chacko. Al cabo de un rato cesó la música y todas las jóvenes rodearon a Arundhati rindiéndole un saludo solemne. Chacko me susurró al oído: “Es su último día de clase. Ya está preparada para danzar sola”. No entendí sus palabras pero tampoco quise indagar. Seguramente obtendría la respuesta a lo largo del viaje.
En la carretera, Chacko me comentó que haríamos una parada en un poblado de pescadores, Kanchipuram. La costa era hermosa pero apenas estaba poblada. El vehículo se adentró por una carretera polvorienta rodeada de tupidos árboles hasta llegar a un recóndito complejo turístico. Nos recibió un anciano sonriente que nos condujo a una zona ajardinada donde apenas atisbamos turistas occidentales. A pesar de los nubarrones que se cernían sobre nosotros, el calor era insoportable. De pronto, oteamos un salvaje arenal barrido por un oleaje bravísimo. Un escalofrío recorrió mi espalda y la mano de Arundhati se asió presta a la mía. La acaricié con la intención de transmitirle una seguridad de la que yo carecía. Aquel mar del Golfo de Bengala daba miedo. Chacko se dejó caer como un plomo sobre la arena y su afligida mirada se perdió en el infinito marino.
Al cabo de un rato, Chacko se acercó a nosotras con el semblante pálido pero con una serenidad que me conmovió. Me narró como en 2004, a las 9 de la mañana, una inmensa ola se llevaba a su mujer que trabajaba en las redes con otros cientos de pescadores. Desde entonces, la playa permanecía desierta. Pude ver la sombra siniestra que se cernía sobre aquel horizonte. Chacko le dijo algo a su hija, ambos se inclinaron respetuosamente y se despidieron de aquel lugar. Chacko me mostró una extensa lengua de arena que recorría un profundo canal seco, “la ola lo arrastró todo tierra adentro y hoy queda este arenal que alcanza más de 3 kilómetros”.
Al mediodía y siguiendo la línea costera llegamos a Mamallipuram, una bella ciudad portuaria. “Ahora contemplaremos algo de belleza”, me susurró Chacko. El calor era sofocante, si bien valía la pena aquel descubrimiento, un conjunto de templos rupestres excavados en la roca, bajorrelieves y santuarios monolíticos. Sobre la ladera de un collado una soberbia roca se aguantaba como de puntillas: Arundhati corrió en su dirección para imitar a unos hindúes que posaban para la foto y, como diminutas hormigas, apuntaban a aquella masa pétrea como si la aguantasen con la punta de un dedo. Chacko y yo reímos la gracia de la pequeña. “La llamamos la bola de mantequilla de Siva, curioso, eh?”.
Después de tomar fuerzas en un restaurante donde nos sirvieron arroz con vegetales, masala y yogurt sobre una hoja de plátano, reemprendimos el camino. Atravesamos las calles inundadas de comercios y talleres hasta que Chacko paró frente a una portezuela. Nos recibió un hombre pulcramente vestido. Chacko me contó que tenían preparado un traje para su hija. Hizo las presentaciones a las que todos respondimos con miradas sonrientes. Entramos en una pequeña sala rodeada de estantes con maravillosas sedas salvajes. Una mujer, ante el consentimiento de Chacko, se llevó a Arundhati. Al cabo de unos minutos apareció una joven vestida con un espectacular sari en tonos purpúreos y anaranjados. ¡Era Arundhati! La habían maquillado eliminando de ella cualquier mácula infantil. La transformación era prodigiosa. Chacko dio su consentimiento y junto a este sari, se llevó otro verde esmeralda. Yo no salía de mi asombro, para Chacko aquello debía ser una fortuna que, con su sueldo de chófer, no se podía permitir.
Tan pronto amaneció al siguiente día continuamos el viaje. Debíamos llegar a Madurai por la tarde. A medida que nos íbamos aproximando, el árido y sofocante paisaje se iba transformando en intensas tonalidades verdes templadas. Chacko me explicó que Madurai era la cuna de la cultura Tamil y una de las ciudades santas de India. La ciudad orbitaba en torno al gran templo Sri Meenakshi con sus doce torres de 50 metros de altura y su Sala de los Mil Pilares donde cada día acuden en peregrinación miles de fieles.
Madurai era tan enmarañada como subyugante, exhalaba magia o quizás era el espíritu de las ceremonias, presentes en cada rincón, que la sumergía bajo un aura sacra. Arundhati estaba sobrecogida, extasiada viendo un acto insólito; frente a nosotros un grupo de devotos, ataviados con faldas y ofrendas florales, acompañaban a un grupo de hombres que sufrían un autentico martirio: una lanza de unos dos metros de longitud les atravesaba de lado a lado la cara y se agarraban para no perder el equilibrio y desgarrase. “Son penitentes”, señaló Chacko.
“Hemos llegado”. Chacko frenó el Ambassador en secó delante de una pequeña casa rodeada de un diminuto jardín. Pronto nos rodeó una treintena de personas que nos observaban con gran curiosidad. Ignoraba que hacíamos en esa propiedad y supuse que era la “cita ineludible” de Chacko. Una vez más no dije nada. En volandas nos condujeron a la casa hasta dejarnos en una sala con un buffet con toda clase de viandas. Se hizo un silencio sepulcral, casi incómodo, cuando todos abrieron paso a la llegada de dos hombres, un anciano y un individuo de unos 30 años. Ambos saludaron con solemnidad al invitado y observaron a Arundhati. El anciano dirigió unas palabras en hindi a Chacko que bamboleo la cabeza en signo de aprobación. Chacko entregó los saris nuevos de Arundhati a una mujer que los recogió al tiempo que le indicaba a la pequeña que la siguiera. Comencé a tener una ligera sospecha de lo que estaba presenciando.
Pasé en aquella casa más de cuatro horas como espectadora de conversaciones interminables, el ir y venir de comida, ofrendas y el desfile de Arundhati con sus dos saris, maquillada y enjoyada para la ocasión.
Acabada la recepción nos fuimos a un hotel reservado por los anfitriones. Le ofrecí a Chacko tomar algo juntos, necesitaba una explicación. Me miró fijamente antes de confesarme que no le estaba permitida la entrada en el hotel. “Mañana será un día grande, casaré a Arundhati”. Me quedé helada, aquel era el destino final de Arundhati. “Lo manda la tradición”, alegó un Chacko severo y desconocido hasta ahora. “Tú eres occidental y no estás en disposición de entender”. Miré descompuesta a aquella niña que apenas sobrepasaba mi ombligo. “Yo no puedo hacerme cargo, lo único que le puede ofrecer es un futuro mejor”, Chacko suavizó el entrecejo y me invitó a pasear hasta el templo. El lugar era hermoso y Arundhati saltaba alegre e indiferente ante lo que se le avecinaba. Le dije a Chacko que no me sentía con fuerzas de participar en la boda. Sabía que le estaba decepcionando, pero también le dije que apreciaba su generosidad y podía ver su humanidad, que me hubiera gustado poder hacer algo por mi ahijada. Quizás éste no era mi viaje.
Al amanecer partí hacia Kerala, una tierra bondadosa de canales y reservas naturales donde quería tratar de ponerme en la piel de mi amigo Chacko, de entender sus tradiciones tan lejanas a mi mentalidad occidental y llegar a comprender el verdadero significado del viaje de Arundhati. “Arundhati ya estaba preparada para danzar sola”.

"Ai", un relato made in Japón

“Aquel que mira hacia fuera, sueña. Aquel que mira dentro, despierta”
(Carl Jung)

“Todo blanco, inmensamente blanco. Mi piel blanca, mi habitación blanca, la ciudad, la nieve, todo blanco. El futuro blanco. Se tenia que acabar el blanco, tenia que huir de mi prisión...”

Ai fijó un instante su mirada afilada y un tanto melancólica en una de las baldosas verdes y blancas de la casa Vicens de Antonio Gaudí, en la calle de las Carolinas de Barcelona y por un momento volvió a Tokio, cuando hace sólo un año en su vida no había nada más que la oscuridad de la penumbra...

Los padres de Ai murieron trágicamente cuando Ai tenía cinco años. Pero Ai ya estaba acostumbrada desde mucho antes a vivir sola esperando dormida la llegada de sus progenitores; de pequeña había aprendido a hacer las cosas por si misma, a jugar sola con la única compañía de los juguetes. La muerte de sus padres no cambió mucho las cosas; al contrario se había habituado a sobrevivir sin la ayuda de nadie: iba sola a la escuela y cada noche una tía lejana, el único lazo familiar que ella conocía en Tokio, le llevaba la compra semanal cuando ella ya dormía. No la quería ver, no la necesitaba, no la quería.

Durante aquellos años, Ai miraba las fotografías y después leía ávidamente los libros de arquitectura que su padre arquitecto había coleccionado a centenares. La ausencia dolorosa de su progenitor y el amor por el arte colorista del modernismo catalán la llevaron a seguir los pasos de su padre. Quizás algún día abandonaría su iceberg blanco y encontraría un mundo de otro color...

Desde entonces, quizás hará ya tres o cuatro años, comenzó a sufrir hikimori o síndrome de aislamiento. Aquel día decidió dejar de salir al exterior, en todo caso sólo de noche, cuando las sombras invaden las calles, pasean con ella y le hacen compañía. Fue el mismo día que se graduó en la escuela y fue el día que decidió que estudiaría desde casa, conectada a la realidad virtual del ordenador. No sentía el deseo de hablar con nadie, de tener sexo esporádico con cualquier adolescente; estaba harta de la retórica de los adultos, de la docilidad y de la obediencia, del tatamae o eso que la gente espera de un individuo en Japón. Hacía tiempo que Ai había perdido el honne, los sentimientos sinceros, los auténticos deseos. ¿Dónde se habían quedado? Quizá nunca los había tenido, quizá los había olvidado o puede que nunca los hubiese aprendido... No sabía lo que era querer, desear a alguien, pero no sufría y eso era lo peor de todo...

Ai vuelve a la realidad cuando los turistas japoneses le solicitan información sobre la valla de hierro forjado de la casa Vicens. Se mueve con gestos lentos, medidos, asintiendo ligeramente con la cabeza mientras les explica que la fachada del edificio se inspira en el arte islámico y japonés. Un instante fugaz y seguidamente los turistas pierden la cabeza jugando con sus maquinitas digitales. Ai observa las aristas de la fachada y se encuentra de frente una vez más con sus sentimientos y la pequeña línea de sus ojos se ilumina.

“Y un día llegó la esperanza, en una mañana en que la luz del sol deslumbra hasta las sombras más rebeldes. Un momento insoportable para mis afligidos ojos, ciegos de expectativas, secos de lagrimas...”

Y llegó el día que Ai tuvo que salir de su refugio, tenía que presentarse en la universidad, si quería que le aprobasen el proyecto final de carrera. Ai hizo una reverencia al jurado e inició su presentación a dos hombres y una mujer sin ninguna expresión en sus rostros. Estaban también presentes un grupo de estudiantes a los que nunca se dio oportunidad de conocer. Hablaba tranquila, sin revelar sentimiento alguno. Sólo quería compartir sus conocimientos, que la escuchasen atentamente, que no la juzgasen por su apariencia frágil, casi cadavérica.

Al acabar la prueba, un joven se aproximó a ella, era occidental, alto y de gran envergadura. Se sintió intimidada porque él la sonreía abiertamente. ¿Quién era aquel individuo que la miraba sin perder detalle? Sin embargo, de pronto, sintió un impulso nunca vivido hasta ahora, se sentía atraída por aquella mirada intensa que se clavaba en la suya sin reparo...

“El día de la muerte de sus padres fue el último día de vida de Ai – se lamentaba Juan conmovido viendo la realidad de la su amada Ai-. Un buen día, llegó de la escuela, se encerró en su habitación y decidió no salir más -Juan se maldecía una vez y otra-. Encerrada a cal y canto en su habitación, convertida- en un ser vacío de significado, con las necesidades más básicas, el ordenador y la televisión como compañía. No es necesario decir que ella vivía su propia ficción. Se negaba a vivir, porque consideraba que el mundo no le aportaba nada de positivo y pasaba por encima de lo que seguramente hubiesen querido sus padres, su tía, sus amigos.

“Ai no se da cuenta que siempre importamos a alguien, probablemente más de lo que podamos llegar a imaginar. Negarse a vivir es fácil, en cambio, salir fuera y luchar es un reto lleno de obstáculos que te hace sentir vivo. Habitar en una caja de vidrio aislada de la realidad, existir solo y ya está, no es vivir, es fracasar”. Bajo las sábanas con el delicado cuerpo de Ai rozando el suyo, Juan sentía una tristeza que le torturaba sin piedad y aquel sufrimiento se iba mezclando con la visión de Ai dentro de la jaula de vidrio, encerrada dentro de una caja como un pajarito; la pulsión de la autodestrucción, sin ganas de vivir ni de compartir…

Una mañana, Juan llamó a la puerta de Ai, la observó por un instante cazando la sonrisa delicada y lenta de su amada y sacó de su bolsillo del abrigo dos billetes de ida para Barcelona. “Quiero que vivas otra vida, una realidad de muchos colores”. Ai dudó, temblaba como un maldito flan casero. Eso no se lo esperaba. ¿Qué debía decir? ¿Qué tenía que hacer? Desde niña había acariciado el sueño de este viaje. Juan le pidió con sus dedos posándose sobre los labios de Ai que no dijese nada.

Ai meditó largamente la propuesta de Juan durante varias noches y finalmente le respondió con un sí en su mirada. Necesitaba abandonar su universo blanco y helado.

Ai sonríe tímidamente mientras mira hacia un edificio que no es la Casa Vicens, observa una ventana donde se aprecia la sombra de un hombre hablando delante de un grupo de alumnos sentados en silencio. El grupo de turistas japoneses observa a la guía con curiosidad. Ai no puede evitar su sonrisa bobalicona cuando mira al hombre de la ventana, el mismo joven de la universidad de Tokio, Juan, su liberador, aquel que le descubrió los colores del mundo. La piel blanca como la nieve de su rostro se vuelve grana y sus ojos acuosos; esta euforia mal contenida delata su estado de ánimo.

Ai añora aquellos días en la escuela aprendiendo la lengua de Juan, sus miradas de complicidad contenida, los deberes corregidos bajo las sábanas, la misma lengua para entender la genialidad de Gaudí que ella ama en exceso.

Ai soríe. La vida ya no es soledad blanca, ya no se siente morir cada día un poco más. Ahora el mundo es un arcoiris intenso y vivo.

“¡Ai vuelve!”, le susurra Juan cada vez que ve la sombra de Tokio emerger de los ojos negros de su amada.

Namaste, India. Una aproximación a la India.


Namaste India. Hola India,

¡Encantada de conocerte!

He vuelto feliz de la India y con el anhelo que muchos viajer@s experimentan de volver una, dos y tres veces a ella. Descubrir la fórmula de su mágica existencia da tanto de si como lo que ofrece día a día. La India no te deja indiferente.
De lo único que me arrepiento es de haber tardado tanto en materializar este sueño, pues los comentarios ya clásicos de los amig@s como "has de estar preparado para ir a la India", "te afectará su extrema pobreza", "imposible digerir su comida picante y sus olores" frenaron el sueño de realizar ya hace mucho tiempo este viaje. Pero nunca es tarde, si la dicha es buena y así ha sido. Creo que, a estas alturas y con cierta experiencia en la mochila, he comprobado que es el viajante mismo el que tiene que estar preparado para descubrir y adentrarse en la diferencia, en lo que hace único a un país de otro y luego, lo que viene detrás, las experiencias, lo que te encuentras y su resultado, ya dependen de cómo hayas experimentado tu propio "peregrinaje". Cada uno vive el viaje a su manera y eso es lo mágico, que viajar nunca es igual para nadie. Hay muchas Indias y ninguna es igual en el recuerdo del viajero.
Desde un inicio, me planteé que a la India volvería y que, por tanto, había que dosificar su exploración. Mi deseo es recorrer uno de los países más grandes y poblados del globo terráqueo, saboreándolo “piano a piano”, como se degusta su café, con placer e intensidad.
Así, para mi primera dosis vacacional (3 semanas), probé con la zona más austral: Bombay, Tamil Nadu y Kerala. En una frase: Bombay, ciudad con nombre de licor, es la puerta del Sur; Tamil Nadu, la región más hindi; y Kerala, el paraíso ayurveda que hoy todo occidental busca para reparar su agitada ánima.
¿Cuál ha sido mi primera impresión del viaje? Que ha sido “fácil”. No, el comentario no es superfluo, ni presuntuoso, simplemente la verdad, una verdad que encierra una razón fundamental: su gente, siempre risueña, te facilita mucho las cosas. No ha sido un viaje de lujo, ni lo pretendía; ha sido cansado, pues viajé todos los días (ja, ¡India, enorme y desbordante!). Alguna vez en tren, otras en autocar y cuanto más en los célebres Ambassadors con chófer y los populares auto-rickshaws. Transportarte por los más variados medios de locomoción es la manera de asegurarte el contacto con su gente y conocer el país como lo hacen ellos, sin prisas pero sin pausa, sin apenas espacio, ventanas, aire acondicionado y con todas las incomodidades de medios obsoletos, pero ahí está la gracia... De esta manera transcurren pueblos milenarios con toda su magia, olores y esencias a flor de piel: Chennai (Madrás), Kanchimpuram, Mamallipuram, Pondicherry, Tanjore, Trichy, Madurai, en Tamil Nadu; la reserva del tigre de Periyar; los magníficos canales tropicales de Allepey, recorridos a bordo de un barco arrocero mientras la vista se pierde lenta entre plantaciones de arroz, té, especias; o pasear por Kochi, herencia colonial del navegante portugués Vasco de Gama, todo ello en el estado de Kerala...
Olores, si muchos: los fétidos, iguales a cualquier cloaca humana del planeta; los aromas ricos, en cualquier detalle y en todas las esquinas: a especias, a sándalo, a café, a té, a pachuli, a piel limpia...
Sabores: los más variopintos, para todos los gustos y paladares y siempre con la posibilidad de que te sirvan menos "spicy" o lo que es lo mismo que no pique como el demonio.
Pobres: desgraciadamente, como en todas partes (baja por el centro de Barcelona y echa un ojo a la acera, bajo tus pies y que nunca observas: mendigos, pobres rebuscando en la basura y mutilados (todos formamos parte de esa “globalidad” que nos han vendido).
Si vas a la India, abandona las manías de occidental en casa y déjate llevar. Aprende a comer con los dedos de las manos (la izquierda prohibida) y con la comida sobre una hoja de plátano, como plato, vivirás toda una experiencia para los sentidos, que requiere arte y pericia. Tolera la leve caricia de sus pieles, es su manera de "acercarse" a ti, mientras te preguntan de dónde eres y cómo te llamas por ese orden; todos se despedirán de ti con una mirada que no logras ver en ninguna otra parte del mundo: una sonrisa larga, profunda, penetrante que te provoca encerrarla para siempre en el objetivo de tu cámara. Y cuando les pidas algo, recuerda que siempre contestarán "Si", aunque tengan que mentir, pues su deseo es complacerte y lo harán con su rostro, sin dejar de sonreír y sin mediar palabra alguna, sólo con un ligero y bamboleante gesto de la cabeza que a ti te sonará a "vale, de acuerdo", es su confirmación a tus deseos. Y tus deseos se verán cumplidos en la tierra más sacra y espiritual de la tierra.


Namaste India. ¡Hasta pronto India!

Cayo Levantado, un pequeño paraíso...

Cayo Levantado es una isla de apenas un kilómetro cuadrado, a siete kilómetros de República Dominicana. Este hermoso cayo sólo lo habita un hotel de estilo colonial de 5 estrellas, Gran Lujo. ¡Inolvidable!
El cayo tiene tres maravillosas playas: una pública, playa Bacardí, visitada ocasionalmente por turistas; y dos playas privadas. El servicio es exquisito y los animadores muy simpáticos, así que si quieres "movimiento", la diversión está garantizada pues en un plis plas te montan cualquier actividad, eso si, sin masificación ya que se trata de un complejo pequeño donde, en realidad, se viene en busca de paz y sosiego. El "dolce far niente" es una obligación: déjate servir y relax. Sol, playa, jardines exóticos y frondosos para pasear y perderte; jacuzzis y camas con dosel donde sólo te "molestarán" para ofrecerte un cóctel, un snack o recordarte la actividad donde te apuntaste... Ir en Noche Vieja fue la mejor elección. Como buenos caribeños, celebran la llegada del nuevo año por partida doble: La fiesta se inicia con la caída del sol, hacia las siete de la tarde (doce de la noche en Europa) para celebrar la Noche Vieja de los países europeos: uvas, cuenta atrás vía satélite con diferentes países y primer brindis; tras la cena (una locura de platos gourmet), llega la Noche Vieja del Caribe: cotillón, espectáculos, fiesta, piña colada, bachata, salsa, merengue y hasta que el cuerpo aguante... Creo que no podré olvidar en mucho tiempo este viaje...

Jamaica, ¡No problem!


Se dice por ahí que Jamaica es un peligro... Si, "un peligro para los sentidos".... Por una vez, y sin que sirva de precedente, me fui de luna de miel a Jamaica y Cayo Levantado (República Dominica) en un paquete de "Viaje de Novios" todo incluido. ¡Mereció la pena, si señor!
Es verdad que donde esté la aventura de organizarte tu propio viaje e improvisar en cada momento tiene su "qué" y volveré a ello en cuanto pueda... Pero, señores, que no tengas que mover un dedo y te dejes llevar por: ahora un mojito en la piscina, luego un bailoteo de salsa en la playa, aprender gratis a navegar en catamarán y después una comida a base de langosta y así cada día... ¡No está nada mal! Eso si, no olvides que lo has pagado con antelación, porque está claro que nadie te regala nada. Pero bueno, que no te quiten esa suite que te ofrece el hotel por ser recién casados; el recibimiento con obsequios en la habitación; una cena romántica privada y muchas más cosas... Yeah man! (como bien dicen los jamaicanos) ¡A vivir que es un viaje de novios!
En cuanto a Jamaica, ésta es otra excelente sugerencia. No hay peligros, a menos que te los busques tú, o sea que, primero, destierra esa leyenda urbana... Segundo, lo que si tiene fama es de tener las mejores playas del caribe. Te puedo confirmar que si: arena blanca y aguas cristalinas que contrastan con el negro azabache de sus gentes. Y hablando de gente, los jamaicanos tienen un lema que para nosotros quisiéramos: "Jamaica, no problem". Ellos son así: tranquilooosss, a su ritmo (solo el reggae los despierta de su rastafari letargo); no tienen nada de anglosajones (sólo la lengua, aunque saben muy bien cuando utilizar su incomprensible jerga para que no te enteres de lo que dicen entre ellos de ti); son muy listos y orgullosos, así que no los menosprecies (tienen muy arraigado que son descendientes de esclavos). De todas formas, abren sus brazos a los turistas que son quiénes les dan de comer (los resorts, muchos de capital español, están invadiendo la isla...).
¿Qué te puedo recomendar? Ir en Navidad, como lo hice yo con mi amor, cuando las temperaturas son geniales: sol todo el día y chaqueta por la noche, ¡una gozada! Disfrutar de las fiestas en la playa (para eso, la bohemia Negril), de los rastafaris y su intenso rastro a porrito (¡ojo! En realidad, la marihuana es ilegal, aunque no quita que puedas tener la oportunidad de fumarla, incluso gratis, si visitas el Museo-mausoleo de Bob Marley,¡cuidado si fumas, que aquí hay curvas!...). No dejes de ir a las playas nudistas de los resorts: no va nadie, así que es como tener tu playa privada. Otra recomendación: nadar en la Laguna Mágica (Magic Lagoon) de noche donde, gracias al rico plácton que ahí se "cuece", el simple contacto con el agua hace que ésta se convierta en destellos fosforitos. Surrealista y mágico. Otra sugerencia es la excursión de dos horas en catamarán por la costa de Negril: barra libre, snorkling, masajes con aloe vera, paisajes fantásticos... diversión garantizada.
Ah, también puedes encontrar en la isla resorts para parejas liberales o nudistas. Por otro lado, los hoteles dan la bienvenida a las parejas gays (aunque si te sirve de recomendación: nadie te dirá nada, pero los jamaicanos no aceptan la homosexualidad, si bien "business is business";).
¿Conoces alguna otra isla en el mundo que te ofrezca todo esto? Si es así, no dejes de contármelo. ¡Yeah man!

Dos días en Roma, Città eterna...

... Por una vez, estos puñeteros romanos tienen razón;)!
Desde hace 20 años voy una vez, como mínimo, a Roma. De hecho, viví en la ciudad dos veranos... Y siempre está ahí, dispuesta a sorprenderme.
Cada vez que piso suelo romano, me encanta perderme por sus calles, sobre todo las callejuelas (ah, zapato cómodo, ¡todavía el resbaladizo adoquín es el rey!). ¿El mejor momento? A partir de mayo, los romanos resucitan de su letargo invernal,ventilan sus vespas y las terrazas asaltan la urbe. Agosto prohibido, por su calor infernal y porque no ves a un romano en la calle... Y parte del encanto de Roma es ese: los romanos. Cierta razón tenía Asterix: ¡Están locos esos romanos! Pero esa es la gracia, ríete con un romano y te habrás ganado su cielo... Luego está septiembre y octubre, perfectos en cuanto a clima, colores y la actividad se reanuda sin pausa...

Depende todo del tiempo que tiene uno, pero si sólo tienes un fin de semana o 3 días, yo lo tengo claro, pues forma parte de mi comunión anual: Punto de partida Piazza Spagna, un paseo por la plaza, fotos en la fuente y sobretodo hacer igual que los propios de la ciudad, sentarse en su escalinata y cotillear, si es con un gelatto, meglio... Desde la escalinata, observarás varias callecitas, recorrelas una a una y saborea su intenso aroma a ¡MODA! Quizás te encuentres a algún famoso o estrella de cualquier parte del mundo comprando en sus exclusivas tiendas... Una cosa importante: No dejes escapar las iglesias que hay en cualquier rincón escondido, ellas si que esconden tesoros tales como Caravaggios ¿Te imaginas un Caravaggio en la iglesia de tu barrio?, pues eso...
Voy abreviando, pero no hay que olvidar: Muy cerquita de esta piazza, otra: la Fontana de Trevi, donde el lanzamiento de monedas es ritual obligado. Yo cada año cumplo y cada año vuelvo;)... Otra de mis plazas favoritas y donde viví mis veranos de estudiante es Piazza del Panteon, ah! y Piazza Navona donde se enfrentaron los más grandes artistas de la piedra... Toda esta zona está a tiro de piedra o paseo... Enseguida te encontrarás y cruzarás varias veces una larga calle comercial que, durante el día, es peatonal y que te llevará directo al Coliseo, ¡colosal!
Otra parada obligada, que ya te ocupará un día entero es el Vaticano. Vale la pena para ver lo que posee la iglesia católica, un desmadre de lujo y ostentación pero que encierra tesoros de incalculable valor artístico... Hay que verlo y, si de paso, te topas con el Papá, pues ya tienes tu souvenir...
Comer, en el centro, prego!...
Cenar, piérdete en el bohemio y siempre de moda Trastevere... Es como el Borne de Barcelona pero con mil años de antigüedad... Pizza, pasta e basta, y vino, como el nuestro... Ti amo Roma.

Una girl scout en la jungla de Borneo

Viajar a la isla de Borneo es de por sí una experiencia inolvidable, donde todavía hoy puedes experimentar el contacto con una de las selvas más primitivas del mundo y descubrir a los narigudos proboscis, los gorilas o las tortugas verdes, en peligro de extinción y que no los verás en ningún otro lugar del mundo.
En el momento en el que organizaba el viaje desde Barcelona, y después de un duro año de trabajo, reveses y cambios intensos, el cuerpo me pedía algo más que sentarme en una lancha y observar a través de la lente fotográfica la flora y fauna de Malasia. No me costó encontrar lo que buscaba en esa caja de Pandora que es Internet. Uncle Tan, un campamento muy básico, para viajeros sin manías y con ganas de vivir la selva sin remilgos.
Para llegar hasta nuestro destino volamos desde la capital de Sabah, Kota Kinabalu a la ciudad de Sandakan (con “a”, pues con “o” sólo es el pirata Sandokan que se inspiró en esta ciudad para hacer célebres sus aventuras en el mar de las Célibes). Nada más aterrizar tomamos un taxi que nos llevó al Km. 16, Gum Gum (suena a chiste o a chicle, pero éste es el nombre del poblado) donde tiene su base logística Uncle Tan. Desde aquí, un malayo se prestó a llevarnos en coche hasta el río Kinabatangan. Una vez arribamos al río tuvimos la primera oportunidad de realizar un safari que no nos decepcionó: águilas, lagartos monitor, cocodrilos, orángutanes, macacos, se iban cruzando en nuestro camino mientras el sol iniciaba su lenta caída y las sombras de las palmeras se confundían con la frondosidad de la jungla. Una hora más tarde alcanzamos la orilla donde iniciamos una caminata hacia el interior de la selva. Los macacos con sus grititos histéricos parecían conducirnos entre un silencio casi sobrecogedor. La humedad y el calor sofocante no daban tregua. Tras quince minutos de marcha por una pista de fango, apareció frente a nosotros una tosca pasarela de madera y a cada lado una hilera de cabañas con rejas como paredes. Habíamos llegado a Uncle Tan.
Nos dio la bienvenida Eugene, un joven malayo que como el resto de los que trabajan en Uncle Tan son mitad atletas, mitad biólogos, características fundamentales para guiarnos por este inhóspito territorio. Durante nuestra estancia de cuatro días todo el equipo mostró siempre su mejor sonrisa, a pesar de las condiciones en las que trabajaban. Llegada la noche, los chicos nos prepararon una deliciosa cena a base de especialidades de la región que devoramos, sin pensar por un momento en qué debía albergar cada plato, únicamente la sopa de cerdo salvaje con curry nos pasaría a todos factura al día siguiente, la consabida diarrea del viajero, nada grave, aunque vimos a más de uno que se lo tuvieron que llevar al hospital. La cena fue la ocasión para conocernos entre los recién llegados aunque pronto Eugene nos dividió en pequeños grupos, el nuestro fue bautizado como “los lagartos”: dos australianos, un alemán, una bielorrusa superviviente de Chernobil, un sueco con una rubia demasiado joven para ser su novia, dos belgas y nosotras, las dos únicas españolas...
Poco a poco fuimos conociendo las pocas comodidades con las que íbamos a contar: la electricidad se producía por un generador que se ponía en marcha al caer el sol y se apagaba a las doce de la noche. Es decir, duchas de agua fría y mucha linterna. De todas formas, era mejor no contar con mucha luz pues ésta atraía a todo tipo de insectos y bichos sin nombre conocido. Tras la copiosa cena y una barra libre de refrescos y cervezas, “la visita al señor Roca” fue otra experiencia que ayudó a olvidar pronto las manías más intimas de uno: otra pasarela hacia el interior de la jungla conducía a unos cubículos de madera en los que asomaba un agujero oscuro que invitaba a no demorarse; fuera, un depósito de agua del río servía para llenar los cubos que había que depositar tras la visita, y también para lavarte la cara, los dientes o darte una improvisada ducha con la ayuda de un barreño. ¡Bienvenido a la selva!
No tardamos en acostarnos; en las cabañas tres finos colchones apilados y una mosquitera era el único mobiliario, las pertenencias de uno en el suelo, y un candado para cerrar la reja y evitar que los macacos nos robaran, era el máximo lujo con el que contábamos. Sumergida en la más negra de las noches, sin luna, farolas, o linternas que alumbrarnos, caí en un sueño profundo y necesariamente reparador.
Llegó la mañana siguiente en la que a modo de despertador, un grito estertóreo nos indicó que eran las 6 de la mañana, tiempo para el primer safari por el río. Nos levantamos con esa sensación de no saber muy bien donde nos hallábamos hasta que vimos a través de la reja a un numeroso grupo de macacos observándonos desde los árboles, a pocos metros de distancia. Pronto pudimos comprobar, por algunas voces, que algunos no habían hecho uso de los candados y cremas, relojes, galletas o linternas habían volado. ¡Los macacos se estaban riendo de nosotros! Era la novatada del campamento.
Tras un té caliente y un par de galletas nos embarcamos en las lanchas. Descubrimos el despertar de la selva en todo su esplendor, con las brumas flotando sobre el agua caqui. El sol ya había hecho su aparición y los animales se despejaban lentamente, se acicalaban entre ellos e iniciaban la búsqueda del primer alimento del día. Era el momento de descubrir a los cocodrilos en la orillas, el levantar del vuelo de las aves o de las mamás gorilas dando de mamar a sus crías. El guía nos mostraba cada ser que se movía, parando la lancha y dejándonos en el más profundo silencio. Era como estar en el centro de un zoo sin vayas, ni jaulas, ni vigilantes y con los animales sin inmutarse, sin asustarse ante la visión de unos humanos…
Volvimos al campamento para desayunar. Café, tostadas y tortitas con miel (eso si, con moscas revoloteando incluidas), en la cabaña central, donde además del comedor abierto al jardín, había una sala de estar, una mesa de billar y un futbolín pero nada de tv, periódicos, radio o cobertura de móvil, ni música, sólo el ambiente de la jungla que lo invadía todo, nada que nos conectara con esa realidad que ya vivimos el resto del año. De la nada apareció paseando un lagarto monitor de 2 metros de longitud. Segundos después llegaron atraídos por el olor de las viandas los macacos que, no desaprovechan cualquier descuido para robarte una tostada o una galleta, saltaban y con sus grititos parecían reírse de nosotros. Eugene nos presentó a un cerdo salvaje que también campaba a su aire.
Tras un rato de relax en las hamacas, nos cambiamos de ropa; pantalón y camisa de manga larga para evitar los mosquitos, unas botas de agua como el mejor aliado para andar por el fango y un baño de loción anti-mosquitos… Llegó la exploración por tierra y gracias a la agudeza visual de nuestro guía pudimos ver a todos aquellos seres que se mimetizan con la naturaleza o se esconden tras ella: ranitas del tamaño de un pulgar o de una roca, mariposas gigantes, aves, arañas, tarántulas, lagartos, escarabajos, monos, gorilas, seres de todos los colores y formas, confundibles con troncos, tierra, hojas, etc.
Por la tarde, y después de una larga siesta y un partido de boley, volvimos al río para ver la caída del sol, momento en el que la fauna vuelve a relajarse de nuevo entre las sombras. Más tarde, durante la cena, otra vez exquisita -a pesar de que nuestras revueltas tripas clamaban dieta, fuimos incapaces de no sucumbir a los manjares que nos presentaron-, apareció en la cocina una serpiente pitón que fue el espectáculo de la noche y seguramente el animal más fotografiado del día. Una situación curiosa que contrastó con un momento durante el trekking nocturno por la selva que siguió a la cena, cuando en medio de una negra oscuridad en la que no sabes qué te vas a encontrar iluminamos a una cucaracha. Todos, hombres y mujeres, gritamos al unísono. ¡Quedó clara cuál era nuestra procedencia! Seguirá…

or Malasia, Borneo y Singapur


La Ruta.
Hay muchas maneras de viajar. Lo primero es informarse donde uno quiere ir y saber con cuántos días contará. Yo te recomiendo 20 días como mínimo, sobre todo si quieres conocer la isla de Borneo (para que te hagas una idea de las extensiones, ésta es la tercera isla más grande del mundo). En nuestro caso, teníamos claro que queríamos visitar el norte de Borneo, Sabah, pero también la capital de Malasia, Kuala Lumpur, Singapur, que era nuestro punto de arribada y salida, además de descansar unos días en las paradísiacas islas Perentian, al noroeste de Malasia. Después reservamos el vuelo desde Barcelona, los hoteles y, finalmente, cuando nos habían confirmado las reservas de habitación, buscamos los vuelos internos con una compañía interna del país, low cost, Air Asia. De este modo, ahorramos bastante dinero (si lo haces con antelación y via Internet, en el sudeste asiático puedes conseguir buenos descuentos) y, desde luego, tiempo durante el viaje.
En ningún caso, tuvimos problema alguno, ni nos encontramos con sorpresas de último momento. Ni qué decir que el trato fue perfecto, pues los malayos son muy amables y abiertos, todos se defienden muy bien en inglés. Las infraestructuras son modernas y la comida deliciosa. Ah! si viajas en agosto, es de los pocos paises de la zona que no sufre el monzón y tienes asegurado el sol cada día. Eso si, ¡vigila con el aire acondicionado! Lo ponen al mínimo y acompañado de ventiladores, el resfriado está casi garantizado, si no llevas contigo un jersey. ¡Buen viaje!


La liberación de las tortugas

Viaje a Borneo, Malasia.
No he tenido hijos, así que desconozco la emoción de parir y de ser madre y lo que voy a contar aquí quizás no merece tal comparación. Sin embargo, la experiencia de ver nacer y ayudar a sobrevivir a tortugas es única y muy especial. Sucedió este verano en la isla de Selingan, a 40 quilómetros de la isla de Borneo, frente a la costa de Filipinas, en el Mar de las Célibes. Pulau Selingan es un Parque Marítimo de Tortugas sólo habitada por una pequeña reserva de biólogos dedicada a la conservación de las tortugas verdes, especie endémica de Borneo y hoy en peligro de extinción. Los viajeros como yo sólo tienen acceso al parque previa reserva, con meses de antelación, y limitada la entrada a veinte personas y con derecho a pernoctar un solo día. Pulau Selingan es un paraíso para el visitante y para las tortugas; su extensión es tan mínima que puedes pasearla en media hora y está rodeada por tres bellas playas coralinas donde se puede practicar el buceo mientras transcurre el día lento y apacible hasta que llega la noche, la hora del desove de estos galápagos.
Yo fui afortunada porque no sólo pude ver desovar 103 huevos por una enorme y longeva tortuga, sino también ser testimonio de la liberación de un nutrido grupo de tortugas en la playa. Fue por la tarde mientras dormíamos una placentera siesta bajo una palmera, dejándonos llevar por el dolce fare niente, cuando unos guardias nos preguntaron si queríamos ver realmente algo excepcional. Puedo asegurar que así fue; nos indicaron en un escaso inglés que nos fijásemos en la arena. En cuestión de segundos emergieron de la sabia blanca dos minúsculas y rebozadas tortugas. Seguidamente, tres, cuatro, cinco, hasta 100 tortugas contaron los vigilantes, apelotonadas, empujándose unas a otras, liberándose, buscando paso entre las hojas y ramitas, casi todas ellas siguiendo su instinto y en la misma dirección hacia la orilla, hacia el mar, su meta. Perpleja por lo que acontecía con toda naturalidad, no me costó obedecer la consigna de los vigilantes que nos conminaban a los pocos que allí estábamos, como testigos de excepción, a rescatar a las pequeñas carey que se perdían en dirección opuesta al gran océano. Excitada, comencé a coger con dos dedos, a modo de pinza, a las delicadas tortugas y a dirigirlas por el camino correcto. Su tacto era extremadamente suave, blandas como gominolas y cuyo aspecto me recordaba tremendamente a la colección de gomas de borrar que guardo todavía hoy en mi casa. Mientras las sujetaba delicadamente, éstas agitaban sus pequeñas aletas, como si de dos remos se tratase; parecían buscar el tacto de la arena, las rocas, el líquido acuoso que finalmente debería ser su hogar. Entre todos conseguimos rescatarlas y con contenida emoción observamos cómo se alejaban hacia la profundidad del mar en busca de alimento, de vida. Cuando se fueron me sentía realmente exultante, con la adrenalina desbordada y sintiendo que había sido lo mejor que me había pasado desde hacía mucho tiempo, envidiaba a los conservadores de la isla. Más tarde, unos biólogos nos contaron que era difícil controlar todos los anidamientos que se producen y por eso la playa debía de ser vigilada día y noche. A las seis de la tarde ésta se cierra al público, pues con la caída del sol y hasta el amanecer varias tortugas visitaran el lugar para anidar sus huevos. Es otra de las escenas más impactantes. Es asombroso ver, fruto del enorme esfuerzo, llorar a estos reptiles que desovan entre 70 y 100 huevos en cuestión de minutos. Una vez la tortuga da por terminado el parto sus cuidadores trasladan los huevos, del tamaño de una pelota de ping-pong, a una área limitada para su incubación, a resguardo de su gran enemigo, el lagarto monitor que puede llegar a medir hasta 2 metros. La liberación de las crías se producirá en unas siete semanas. Un dato muy curioso que nos explicaron es que, gracias a la temperatura que reciben los huevos, es decir, dependiendo de si éstos se colocan al sol o a la sombra, saldrán hembras o machos respectivamente. Ciertamente, incluso en la naturaleza todo está controlado.
Al día siguiente, nos fuimos con la sensación de haber vivido una intensa experiencia. Los propios vigilantes nos aseguraron que habíamos tenido la fortuna a nuestro favor, pues había muchas personas que se iban de la isla sin poder avistar una sola tortuga. Yo las había visto desovar y nacer. Pocos días después tuve la suerte de bucear con una vieja tortuga en la inmensidad del océano pero esa ya es otra historia…

EL VIAJE DE INMA

Una ráfaga de sol invernal languidece en el cielo raso del ocaso, al tiempo que una ligera bruma desdibuja las luces y sombras que se apoderan de las calles de la periferia… Ramas peladas, fachadas desnudas, naves desiertas, paredes grafiteadas y las vías del tren que se pierden en la lejanía… Todo pasa raudo, difuso, como un vago espectro, tras el sucio ventanal del vagón. Mi mente, gris e incierta, se deja llevar por un paisaje desdibujado, camino de una nueva realidad que todavía nubla mis sentidos. Necesito asimilar qué ha sucedido hace tan sólo una hora, cuando acompañaba a mi Francisco a la consulta de su nuevo neurólogo.
-Si, el Parkinson de su marido avanza sin pausa… Pero, ¿esto no es nuevo para usted?, ¿no?- Recalca un dubitativo doctor Cifuentes, con la vista puesta en una perpleja Inma, que mira de hito en hito, sin saber qué decir- Inmaculada, ¿quién “ha llevado” a su marido hasta ahora? El doctor Cifuentes necesita asegurarse de que la señora que está sentada al otro lado de su escribanía, comprende lo que él le explica.
- No sé de qué me está hablando doctor –titubea Inma, acongojada por la noticia-, ¿que quiere usted decir, qué mi marido tiene Parkinson? Eso no es posible.
Trato de asumir ese instante crucial; mi mundo anterior se ha esfumado, ya no existe; ahora es otro contexto, demasiado cruel para desear entenderlo. ¿Por qué no me han dado esta noticia en pequeñas dosis, como si se tratase de un amargo medicamento, difícil de hacer pasar? No, así, de sopetón, como quien no quiere la cosa, ala, bofetada al canto: “… Su marido, señora, tiene Parkinson, encantada de conocerle”. Ja, mi marido, mi compañero de inseparable trayectoria vital, mi Paco, tiene Parkinson.
Francisco, mi Paco, se revuelve inquieto en su asiento. No me atrevo a mirarlo, como si al hacerlo esperase recibir la confirmación de que el doctor Cifuentes no se equivoca, de que mi compañero de cuitas se ha callado todo este tiempo como un muerto; un fatal diagnóstico que cambia el giro de nuestras vidas, o al menos de la mía, huelga decirlo. Las cuestiones, las dudas, la furia se agolpan en mi cerebro. ¿Grito?, ¿me enojo?, ¿insulto a mi esposo?, ¿increpo al doctor Cifuentes por idiota? ¡Si mi Paco está hecho un roble! Pero no, echo un vistazo a Paco de reojo y luego de frente, con la mirada clavada en la suya, esperando una respuesta que, finalmente, hallo: Su rostro, teñido de bermellón, rígido en la expresión, se delata y asiente avergonzado. Por mis mejillas, dos lagrimones silenciosos resbalan hasta perderse en el vacío.
-¿Cuánto tiempo Paco?- gimotea Inma sin consuelo.
Francisco no sabe responder y calla.
-¿A qué esperabas para contármelo?
El doctor Cifuentes parece entender una situación que se repite demasiadas veces: Cuántos engaños, cuántos secretos, cuántas desdichas, cuánta cobardía, ante la fatalidad de un destino ineludible y terrible, a fin de cuentas… Sus manos de cirujano se posan en las de Inma, deseando traspasar parte de su energía, a unas temblorosas extremidades que padecen el paso inexorable del tiempo. Inma observa de nuevo a su hombre de fatigas, con la mirada extraviada y abochornada.
-¿Por qué no confiaste en mí, Paco?
A Francisco le aparece súbitamente el temblor oculto, bajo la protección del bolsillo del chaquetón.
-Tenía miedo… temía perderte… No quería ser una carga, ni para ti, ni para los chicos...
Ahora entendía esa ligera sacudida que le sobrevenía a su Paco, de cuando en cuando y como él la escondía tras sus grandes bolsillos de las perneras, creyendo que ella no se daba cuenta. Inma no quería intimidarle con preguntas insidiosas, sabía que Paquito era demasiado reservado y orgulloso, para mostrar cualquier deje de debilidad física; él siempre había resuelto la vida de ambos a su manera, con el talante del tipo de antaño, ya trasnochado y ahora no quería ser menos, aunque el tiempo, que transcurría irremediable, delatase finalmente su condición de enfermo, posiblemente de inválido en un futuro ya cercano. Francisco pensaba que todavía había un lapso para un cambio a mejor, pero las estaciones discurrían a velocidad de vértigo, sin freno… Ahora este vértigo se hacia acuciante, lacerante, bajo la insoportable mirada de su esposa.
El doctor Cifuentes estaba tentado de dejar al matrimonio a solas, aunque fuera sólo cinco minutos, pero un nosequé en su fuero interno le impidió abandonar a esa mujer, anciana repentinamente y a punto de desfallecer. Cuántas veces había odiado ese momento. Trataba de no inmiscuirse en esa momentánea y delicada intimidad entre sus pacientes, aunque luego le pudieran recriminar, con cierto recelo y también razón, una excesiva y fría profesionalidad como respuesta; el creía que interferir en ese momento tan doloroso, podía suponer el rechazo de un paciente enojado por su propia ira interior. Pero se sentía conmovido, y a la vez responsable, de aquella mujer, desvalida e impotente, ante una confirmación que, en absoluto, esperaba, y de aquel hombre, debilitado por la enfermedad y por sus propios temores, totalmente entendibles por otra parte. El doctor Cifuentes quiso coger al toro por los cuernos.
- Inma, no se venga abajo; su marido tiene cuerda para rato, es fuerte y responde bien a la medicación. Usted sólo debe comenzar a familiarizarse con la enfermedad y ayudar a Francisco en lo que pueda. Si quieren que yo les guíe en este menester, hemos de comenzar ya con la terapia más apropiada…
Inma trató de responderle con una sonrisa, pero sólo una mueca se dibujó en su rostro, pálido como el papel de fumar. Miró fijamente a su marido.
-¿Por qué me has mentido, Paco? No era necesario que pasases este mal trago tú sólo. Eres un testarudo irremediable…
“Eres un testarudo irremediable, eres un testarudo irremediable…”, sus últimas palabras repiqueteaban en el cerebro de Inma una y otra vez, al son del chirriar de los ejes del tren sobre los raíles, mientras observaba como el tren arrancaba de la parada para seguir su camino, en un interminable y oscuro túnel que parecía no conducir a ninguna parte. Miró de frente a su marido, y sus ojos verdes, fríos hasta ese instante, se tornaron ambarinos, cálidos, invitadores. Sus labios estampados en un rictus, se abrieron carnosos, rosados, trazando una amplia sonrisa. El semblante de Inma se dulcificó, se volvió generoso y humilde. Sus manos dejaron de temblar y con suavidad tomaron las rudas extremidades de Francisco, cubriéndolas con su ternura en forma de caricias.
-Así que tienes el mal de nuestro Papa. Vaya qué importante eres, Paquito.
Francisco no pudo evitar sonreír, volvía a ver a “su chica”, como le gustaba llamarla, hace treinta años, cuando ante cualquier adversidad, ella mostraba su lado más batallador, pero también más sensible. Inma era única para convertir el momento más negro de sus existencias, en un arco iris de paz y sosiego.
-Ja, ja, yo prefiero pensar que tengo el mismo mal que ese chico de Hollywood, Michael J. Fox…
- Paco, tuyo y yo, lucharemos juntos en esta batalla, hasta el final, hasta que nos agoten las fuerzas. Claro está que me tendrás que enseñar y deberemos tener paciencia el uno con el otro, porque yo sufriré, si tú padeces y me sacudiré cuando tú tiembles. Navegaremos juntos en este barco que viaja con un destino nuevo y si quieres, yo seré a veces tú capitán y tú mi lugarteniente… Te quiero Paquito-. Y dijo todo esto besándole las manos con sumo mimo.
-No entiendo como he podido ser tan tonto. He demostrado con mi soberbia que no te conocía, a pesar de toda una vida... ¿Cómo pude dudar de tu fortaleza y de tu coraje, de tu amor imborrable hacía mi?, ¿cómo puedo compensarte por mi estupidez? Inma sonreía complacida.
- Queriéndome y dejando que esté siempre a tu lado. Ya sabes, en la felicidad y en la desgracia; en la salud y en la enfermedad, hasta que…
-No lo digas –reía Francisco con sorna- no llames al mal fario. Yo también te quiero mi dulce Inma...
El tren proseguía su curso entre galerías y estaciones, mientras el tiempo parecía frenarse, por un instante, en torno a Inma y Francisco, que se abrazaban con la ternura y la pasión de dos adolescentes. Era un abrazo sentido, largamente esperado, de tantos años perdido en la ignorancia y en el resquemor. Siguieron así hasta su parada, deleitando un momento, seguramente excepcional para los dos. El Parkinson les había devuelto la vida a un viaje sin destino, ni parada fija en el horizonte. Como una ráfaga de sol invernal, lánguido, en el cielo raso del ocaso…

EVA ESPINET

UN BAUTISMO DE BUS

Es Sant Jordi y hoy es un día señalado: Por vez primera, mi hijo de cuatro años sale a la calle, a conocer el mundo. Mi niño, Alex, ha pasado sus primeros cuatro años de vida en el Hospital de Sant Pau de Barcelona batallando contra un tumor alojado en su pequeña cabecita. Estamos a punto de salir por la puerta grande, como los toreros victoriosos, por la gran entrada que en su día erigió el maestro Gaudí. Alex aferra su manita a la mía y su cuerpecito todavía débil se parapeta tras el mío. Los dos, al unísono y por un momento, contenemos la respiración. Noto sus pulsaciones que golpean las mías, a través de su tenso y suave contacto. Se abre el portón y un rayo de sol inunda el espacio y baña nuestros cuerpos; mi niño, mi valiente guerrero, desafía la luz de esta primaveral mañana de abril con su lento avance mientras restriega con su manita los ojos, como queriendo aclimatar su vista a lo que se le presenta, de igual manera que lo hizo con la enfermedad, con una mirada desafiante y serena. Me estremezco al observarle, es como si hubiera esperado este momento los 365 días de cada uno de sus cuatro añitos. Demasiado tiempo para un chiquillo que se come la vida con la vista, con la mirada sedienta de mundo. Con su manita me frena. Entiendo lo que pasa por su cabeza: lo que ve le gusta y le asusta; no entiende esa contradicción que le atenaza. Tal como le he prometido tantas veces, le susurro al oído: “Vamos Alex, comámonos el mundo”. Mi niño de ojos de miel, grandes y hermosos como dos globos terráqueos, asiente con su mirada dulce pero ya adulta. “Mamá, quiero montar en autobús”. Ésta, no es una petición que me venga de nuevo. Un día con su vocecita tierna y algo desgarrada me dijo como en un secreto: “Mami, de mayor quiero ser autobusero para viajar por la ciudad”. “Claro, Alex, de mayor serás lo que tú quieras”. No lo pensé dos veces y nos subimos al 45 que recorre el centro de la ciudad, se pierde por sus calles más céntricas y viaja hasta el puerto donde arriba el mar. Alex, con su cabecita desnuda y blanca como una nube de algodón, eligió su asiento junto a una ventana, detrás del chofer, para no perderse nada de su primer viaje, para vigilar las maniobras de su primer maestro. Su expresión contenida de alegría, de inquietud, de curiosidad, de asombro, lo decía todo. “Si hijo, es Barcelona; si mi amor, hay mucha gente en las calles; si cariño, son rosas, y libros, ¿por qué? Porque hoy es Sant Jordi. ¿Te gusta lo que ves?” De pronto, dejó de hablar por los codos, de hacer preguntas sin ton ni son, comentarios infantiles que tenía en vilo a los presentes que viajaban como nosotros en aquel bus, o simplemente se trasladaban de una calle a otra. Nosotros no, nosotros nos bautizábamos con nuestro primer recorrido en bus, en el 45. El silencio se masticaba en el aire y mi felicidad, y la de mi niño también. Alex me confirmó con un ademán de su cabecita que aquello le estaba gustando, que era feliz. Una lágrima resbaló por mi mejilla pero esta vez no era un lamento, una lágrima de sufrimiento, de tristeza, sino de emoción, de placidez. Era la primera vez que veía la felicidad dibujada en el rostro de mi hijo. Cogí a Alex en mis brazos para ceder mi asiento a una señora que se defendía con una muleta. Le estreché suavemente al tiempo que aspiré el aroma a bebé que desprendía su cuerpecito. Ya no olía a medicinas, ni a enfermedad. Mi hijo sabía a excitación, a alegría, a niño, a vida… De pronto, Alex dejó de mirar hacia la ventana para concentrar su mirada primero en la muleta y acto seguido en el rostro de la anciana. Serio, circunspecto, le inquirió: “¿Le duele?”. Una pregunta que él conocía muy bien, que en tantas ocasiones le habían formulado las enfermeras, los médicos, la familia, los amiguitos que había conocido en la planta de Oncología infantil. La mujer, con una sonrisa le contestó: “Ahora, ya no”. Alex le regaló como respuesta una sonrisa dulce, plácida, serena y finalmente dijo: “A mí, tampoco”, como si aquella señora tuviera que saber a ciencia cierta lo que había ocurrido con su corta existencia. Mi hijo siguió con su mirada extraviada y radiante ante el paisaje cambiante que se asomaba tras el ventanal del autobús. De cuando en cuando soltaba un gritito, una exclamación que sonaba a gloria entre todos los que allí nos encontrábamos. “Mami, mami, ¿volveremos mañana a viajar en el bus?” “Si, hijo todas las veces que tú quieras”. Y seguimos recorriendo con el 45 toda la ciudad hasta la última parada, para que mi hijito siguiera merendándose el mundo en su primer día de vida.

Eva Espinet

EL CONTESTADOR

-TUU-TUU-TUU...
-Jorge, ¿eres tú?, ¿hola?
-Habla el contestador automático de Jorge. Si deseas dejar algún mensaje, espera a la señal. Gracias... Su voz es inconfundible, melosa, seductora. Pero también seria, guarda las distancias, porque él no sabe si el que llama lo hace por cuestiones de trabajo -su casa es también su despacho- o si se trata de un amigo. Y así de fría me deja y mi voz, naturalmente, asciende desde mi garganta como un gorgorito; sin saber muy bien si dejar un mensaje o un recuerdo...
-Jorge, querido, de nuevo no te encuentro en casa -mi entonación en el mensaje es de ironía resentida- y ya no sé si no estás o no me quieres atender. Tan sólo quería hablar contigo, en esta tarde de frío invernal. La soledad me acongoja; sólo deseaba oír tu voz y contarte algunas cosas, quizás banales, quizás carentes de sentido, superficiales, para matar el tiempo que pasa lento pero inexorable.
-Pi-pi-pi...Tuu-tuu-tuu...
-Fantástico, se ha cortado la señal y yo con las ganas...
Tras meditar durante un par de minutos, me decido a llamar otra vez. A mí nadie me deja en la estacada y menos un contestador automático...
Vacilo durante unos instantes y una idea se produce en mi mente calenturienta: ¿Por qué no hablar simplemente con el contestador de mi amigo? Necesito desahogar mis anhelos.
De nuevo se oye el zumbido clásico de la línea telefónica...
-Tuu-tuu-tuu...habla el contestador de Jorge y bla, bla, bla... (¡Dios, qué pesadez!).
-Hola, querido, ya que no te pones al teléfono he pensado que sería divertido –seguramente, te suene a paranoia-, hablar con tu muy querido contestador, que es el único que escucha mi voz antes de que quede enlatada en tu cinta magnetofónica.
Lo cierto es que la idea de intimidar con la máquina de mi camarada me seduce. Así es que marco nuevamente el número de Jorge dispuesta a platicar con ese anónimo receptor.
-Querido contestador, receptor de llamadas amistosas, peligrosas, dementes e imprudentes, pienso que te bautizaré como Señor X porque todavía te debo un respeto y aún no te conozco… Hoy quiero contarte a cerca de mi soledad de esta tarde invernal. Y nadie mejor que tú para escuchar mis penas y mis cuitas. Caja de mil oídos, memoria de mil pitidos...
-Pi-pi-pi...Tuu-tuu-tuu... Me responde el muy canalla que me da la espalda y me cuelga.
De este modo, se corta la llamada de diálogos inconfesables que nunca llegan a su fin y una vez más me quedo sola con el auricular entre hombro y oreja, mientras mi mirada se pierde entre el estampado pop de la pared que tengo frente a mis narices.
No sé ya si me siento capaz de llamar una tercera vez pero mi actitud un tanto caprichosa, desesperada, me anima a seguir en mi empeño, porque hoy mis estúpidas teclas del ordenador no me acompañan. Pienso que lo seguiré intentando, aunque no me sienta con energía para aguantar la voz de Jorge diciendo una y otra vez “habla el contestador y bla, bla, bla...”
Tras otro telefonazo...
-Querido Señor X no puedo hablarte y no mostrar mi identidad. Perdóname, pero mi educación un tanto egoísta me ha llevado a confesarme ante ti sin dar tregua a un conocimiento mutuo. Yo soy María, de sonrisa abierta, corazón caliente y sentimientos cruzados, y hoy me aburro (me divierte sincerarme de esta forma, siendo tan transparente como una gota de agua...). Amigo mío, hoy, como todos los días, me he sentado delante del ordenador. Verás, te contaré... todas las mañanas, llueva, nieve o haga sol, me levanto temprano y despejo mi cuerpo y mente con una ducha de agua fría y un café con leche ardiente; me siento junto a la ventana de la buhardilla, con el sol calentando mi frente y el aire fresco jugando con mi flequillo, dispuesta a escribir lo que se me pasa, en ese momento, por la imaginación...
(La llamada con el Señor X ha terminado hace un buen rato, pero yo con mi ansia de hablar con alguien, mantengo mi soliloquio con el alma de mi auricular...)
... Entonces, mi perverso ordenador me seduce y me grita desesperadamente que continúe con mi relato y él, con descaro, transcribe todo lo que le cuento y lo memoriza. Y él, muy listo, me lo enseña desde su diabólica pantalla de negro y blanco trazado. Por supuesto, yo no le hago ni caso, mientras sigo tecleando unas veces letras, otras veces signos y cuando no, algunas de mis penas en jeroglíficos indescifrables. Con premura y a un ritmo constante, mis manos serpentean los dígitos y mis dedos se enredan con la presión de eternas huellas digitales.
… Máquina endiablada que me ciegas y me obligas a llevar lentes desde que te conocí; que me absorbes y me aniquilas, que me seduces y otras veces me agobias, pero que nunca me dejas sola… Teclas dichosas, juguetonas, ya sé que me sois fieles y me queréis bien (a vuestra manera, claro); no os desconectéis por accidente, pues que yo soporte mi propia soledad, depende de vosotras. Pervertidas todas vosotras, queridas mías, que ya sé para qué os quiero...
No entiendo muy bien qué hago ni qué digo, aunque, la verdad, poco me importa. ¡Ahora, hasta hablo con las máquinas, necias y calladas computadoras! Anónimos aparatos que escucháis, pero no dais consejos, ¡cómo me llegáis a gustar! (¿me estaré volviendo loca?, no lo sé, pero me encanta...). ¿Quién necesita consejos? Nadie y menos yo, tozuda fémina de orgullo encendido. Llamaré a mi amigo el Señor X y me reiré de todo esto con él.
-Pi-pi-pi... Habla el contestador automático de Jorge...
-Querido Señor X aquí estoy de nuevo contigo para contarte mis historias para no dormir (y encima le vacilo, ¿qué va pensar de mí?). ¿Te gusta el nombre de pila con el que te he bautizado? Como no me respondes lo doy por bueno y aceptado, ¿y el mío qué te parece? Espero que también te cautive pues, para que lo sepas, María es nombre de primitiva fémina, de mujer núbil, madre de todas las madres. No sé que decirte, tantas son las cosas que anhelo explicarte. Sin embargo, presiento que vamos a ser muy buenos amigos, con el permiso y beneplácito de mi amigo Jorge, claro.
-Tuu-tuu-tuu...
Una última intentona...
-Señor X, necesito confesarte una última cosa en esta tarde de soledad. ¡Te quiero Señor X! Porque me escuchas siempre que te llamo, pero nunca me das un consejo. Por mucho más que eso, gracias silencioso receptor...
E inesperadamente, sin quererlo, ni desearlo, se interpone entre nosotros un espía en esta conversación y como un surtidor, despeja su identidad.
-Querida María, tu ‘Señor X’, amigo receptor de mil palabras y callados consejos, al habla...

EVA ESPINET

ANTONIO

Rígido. Inerme. Mi cuerpo es un palo tieso anclado sobre la acera. Tiemblo. De pié, con mis extremidades clavadas al asfalto, como si un gigantesco imán me engullera desde las mismas entrañas de la tierra. Me balanceo ligeramente hacia delante, parece que quiero avanzar, cruzar la calle, pero mi cerebro no responde a las demandas de los miembros enclenques de mi tronco. El semáforo está verde. Podría cruzar, si bien mis sesos me lo impiden. A mi lado, una pandilla de adolescentes juegan entre sí a esquivar tortazos y puntapiés. Me van a tirar, seguro que ni me han visto y, si han notado mi presencia, ni se inmutan. Me acabarán empujando hacia los coches que esperan ansiosos a traspasar la línea de cruce de peatones. Un inútil menos, seguro que este pensamiento está pasando por la mente retorcida de alguno de estos mequetrefes. La manada se lanza, como osado kamikaze, a atravesar la avenida atestada de vehículos que se pitan entre sí sin tregua. El disco parpadea, pasa de verde a naranja y de naranja a bermellón en un santiamén. Permanezco en mi sitio como un aplicado alumno de preescolar pero mi tórax, que báscula de norte a sur, no se somete a las órdenes y se rebela impávido a la corriente humana que va y viene en pequeñas oleadas. Terminarán por arrojarme al asfalto como una maloliente colilla, pisando mi presencia. Mi mano derecha agarra el bastón con fuerza. Odio este inútil cayado que entorpece mis movimientos. La mano temblequea lenta pero inexorable, ajena a mi rigidez. Ya me lo decía mi señora. María. Una mujer de agárrate-y-no-te-menees. La puedo oír diciéndome “Ya te lo decía yo, Antonio, que no salgas sin haber tomado la medicina, que no estás para tanto trote…”. El medicamento, ¿dónde está el comprimido? Juraría que tenía uno en el bolsillo de la chaqueta. De qué sirve pensar donde lo tengo si mis músculos no reaccionan. De todas formas, no recuerdo la última vez que me lo tomé, ¿me tocará ya la siguiente toma? Mi hija Luisa, mi enfermera, mi mentora, me riñe siempre mientras me recuerda, como una penitencia, que una vez tuve que pasar tres semanas en aquel hospicio de perturbados, porque tenía alucinaciones. Dice que abusé de las tomas de Sinemet; claro, con cuatro tomas diarias, como no me iba yo a liar. Yo no estoy tan seguro de que desvaríe con los ruidos. Lo cierto es que me tienen harto los vecinos de arriba con su tam-tam nocturno y las pataletas de los mocosos del piso de abajo. Mi Luisa me responde siempre con lo mismo: “Que son imaginaciones mías; que de madrugada ningún crío patalea; que no puedo ir cada día, de piso en piso, a quejarme sin tener pruebas; que ella no oye nada; que ya estoy otra vez con mis manías”. Un individuo, encorbatado y con maletín me observa de reojo, presiento su mirada fija llena de conmiseración, meditando la decisión de ofrecer su ayuda solidaria a un viejo inválido. Yo sigo en mis trece. Sin moverme y, aunque hace un frío húmedo que cala los huesos, una película de sudor aún más fría se impregna en mi ajada epidermis. No consigo escupir una sola palabra que me auxilie. El ejecutivo que me observa se decide, con un gesto de su mano, a ayudarme a pasar la calle. Ahora o nunca, parece decirme. Pues no se si podré. Idiota, eres un idiota Antonio. Estás acabado, ni Sinemet, ni remedios caseros, ni nada de nada. Acabado. Lo próximo será ver a mi señora empujando una silla de ruedas, con un anciano entumecido, sumido en su propio mundo de inutilidad. Ahora sería el momento de poder avanzar, quedarme en medio del tráfico y que un camión pasara por encima de mí. Sería tan fácil. Sería tan poco doloroso… El hombre trajeado sigue en su intento de hacerme mover. Le miro con impotencia, sin pestañear, con el cabreo contenido en mi corazón que se agita como un poseso. Quiero gritar pero nada sale de mi interior, sino un suspiro ronco y vacío. El hombre comienza a mirarme con cara de pocos amigos; sospecho lo que piensa, lo que muchos imaginan, que soy pasto de las drogas. ¡Qué más quisiera! Al menos podría tener “viajecitos” más placenteros. Pero ni eso. El medicamento, ¿dónde está la pastilla, joder? El tipo se impacienta, “vamos, hombre, que yo le ayudo”, insiste casi empujándome. Qué listo. Pues lo tiene claro el jodido, de aquí no me sacan ni con sacacorchos. Y no es que no quiera, es que no puedo. El tembleque es cada vez más palpable. Mi mujer ya me lo decía, “que ya no estás para muchos meneos, Antoñito”. Como detesto cuando me llama Antoñito, con ese rin-tin-tín agudo que enfatiza con arrogancia, como queriéndome ganar la partida. Lo quiera o no voy a tener que ceder algún día a sus consejos, aunque es mucho aguantar a dos hembras bajo el mismo techo y yo soy de otra pasta y de otra era, cuando las mujeres obedecían sin chistar las órdenes del varón de la casa. “¡Antonio!, ¡Antoñito! ¿Qué haces ahí parao hombre!”. Oigo la voz imperante de mi señora. Por una vez me siento feliz de tenerla cerca y no es que no la quiera, pero mira que a veces se pone pesadita la pobre... Ahora la tengo frente a mí, a dos pasos. Con sus dos manazas, coge mi rostro achuchándomelo dos y tres veces. Me va a dejar seco con tanto estrujón. Introduce una pastilla, la deseada tableta, en mi boca que tiembla tal que una babosa. Al joven del traje le oigo respirar por primera vez, expeliendo un largo y contenido suspiro, al tiempo que le entrega mi brazo a mi señora. “He intentado hacerle cruzar la calle pero no he podido, me tengo que ir”, se disculpa el amigo con una voz tan queda que apenas se le escucha. “No se preocupe –señala María- le pasa siempre, es este maldito Parkinson que no le deja vivir”. Al pobre hombre, que ya hacia ademán de salvar en tres pasos la avenida, se le blanquea el rostro de culpabilidad. Claro, seguro que por su juicio corrió lo peor sobre mi estado –que si soy un drogata, que si seguramente le doy a la botella…- y lo entiendo, yo en su caso pensaría igual. De pronto, mis piernas comienzan a acelerarse sin poder hacer nada por evitarlo. Mis pies acometen sus primeros pasos, mecánicos, acelerados, pero cortos, cortitos. “Antoñito para, que no te has despedido de este buen señor”. Mi señora sigue como bien puede mi apresurado trote. Y como yo no puedo hacer con mi cuerpo lo que me viene en gana, mi brazo, bastón en alto, se hace cargo y saluda agradecido al tipo en cuestión. Ante tan gráfico saludo, la circulación frena en seco y un taxi con el anuncio de “libre” en su luna de cristal se para frente a nosotros. “Adiós amigo”, me responde el joven trajeado, con una palmada en la espalda, perdiéndose raudo entre el gentío. Le sonrío a mi señora, con la mirada dulce del vencido. “Venga María, vamos a dar un paseíto por la ciudad”. A veces, pocas veces, ser un viejo inválido tiene sus ventajas.

EVA ESPINET